La rabia del infierno no conoce los celos que pueda padecer un político de poca monta, enrarecido por los toqueteos de otros machos sobre su Presidenta Michelle.
Alega. Patalea. Grita a los cuatro vientos; "No la tóquen, es mía, solamente mía". Para ocultar sus pecados se esconde detrás de otro. Acusa de qué por "esos abrazos de oso (del otro, del maldito otro) cae ella, las más bella, por debajo de la mesa". Y la honradez está en peligro. La Patria a punto de ser violada. En público. Qué horror. Qué horror.
Esta desesperado. Llamará a Chavez? Le dirá, "déjala en paz cabrón, qué es nuestra"?
Ella ni se da por aludida. No sabe nada sobre el amor desquiciado del diputado. La prensa la acosa (tal como predecimos en las Curvas) y ella, suelta, sin saber que rompe corazones, dice, sin pensar en esa pobre alma despechada de Forni, "Chavez es cariñoso". Y para peor, sal sobre la herida, finaliza la sentencia del amor imposible, "El es grande".
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